Huerto de pepinos del padre del autor del texto, en blanco y negro, en modo nostalgia / RV

Las firmas de HOY Navalmoral

Veranos de pueblo: vendedor de pepinos

Se me propuso una actividad emprendedora, no reglada ni regulada, pero empresarial en ciernes: «vete a vender pepinos»

RAÚL VÁZQUEZ SÁNCHEZ

Recuerdo… no exactamente la fecha, sí el momento y la acción.

Pudiera ser cualquier verano de mi infancia a partir de Santiago y antes de San Agustín. En el primer lustro de los años 80. Mi madre acababa de regar el corral y había tirado unos cubos de agua sobre el hastial de la casa de la cooperativa dónde más tarde se dispondría a pasar un rato con los vecinos. Y sí, los corrales se regaban en aquellos atardeceres de calor.

Yo acababa de venir del canal, recién bañado, con mi toalla azul de Danone y el gel negro de Fa. Enfrente de mi calle, discurría la mejor piscina municipal del mundo, a tan solo ciento veinticinco metros (algunas veces para hacer tiempo a que llegara gente iba contando mis pasos y resultaba esa distancia aproximadamente). Un lugar que para un mozalbete de mi edad era el mejor sitio de recreo (¡y de aseo... el agua podía «irse» de las casas y tardar en volver un siglo!).

Bueno, el recuerdo se está extendiendo, pero es que los detalles y momentos de aquella época son infinitos, la infancia de un niño es inabarcable, ni en el momento en que se vive y menos en el recuerdo.

Como os decía, tras venir de aquel baño, estar el corral regado, la cena en el plato de la cocina y con vistas a salir a algún evento veraniego que necesitaría cincuenta o cien pesetas; pudiera ser alguna peli de verano en Bakú o algún baile en Chines. No sé, la cuestión es que necesitaba dinerillo y mi madre ya me había negado la mayor dentro del corral regado y fuera delante de los vecinos.

El caso es que surgió y se me propuso una actividad emprendedora, no reglada ni regulada, pero empresarial en ciernes: «vete a vender pepinos». (Ahora comprar productos de cercanía, km 0, está de moda y se hace casi necesario, por lo de la huella del carbono).

Mi padre acababa de llegar con el Citroën ocho cargado con cuatro o cinco sacos de pepinos del huerto. Mi padre era y es muy buen cultivador de pepinos, yo prefería los melones, pero el producía más pepinos que melones (la vida es muy injusta para los golosos). Pues eso, mi vecino Colás, el de Graci, me dijo «coge el carro de tío Siro, echa un saco de pepinos y vete a dar una vuelta por las vecinas de las calles de al lado y a ver qué vendes».

¿A cómo los vendo y cómo los peso? Sacó la romana y pesamos una bolsa de la compra, más o menos cuatro o cinco pepinos equivalían a un kilo. «Cobra a 10 pesetas el kilo, en el saco llevarás 20-30 kilos, si lo vendes todo ya tienes presupuesto de sobra para salir por ahí». ¡Coño! 250-300 pesetas, allá que voy. Giro a la izquierda por la calle La Paz y zas una bolsa a Admi, otra a tía Ángela y a tía Ovidia, una más a tía Marcelina la de Telesforo, otra a tía Ángela y Paco, otra bolsa a tío Marcelino y tía Isabel. ¡Se acabó el saco!¡ 200 pesetas en menos de media hora!.

25 pesetas de una tacada

Cojo el carro vacío a 120 por hora y me planto en el corral regado a por otro saco. Con la misma velocidad vuelvo al cruce de calles donde lo había dejado; allí en la primera casa de la calle Talavera, tía Isidora la de tío Cirilo seis pepinos y me da cinco duros. ¡Vaya! Una moneda de 25 pesetas de una tacada.

Más adelante, tía Julia la de Panera me compra otra bolsa, Paulina otra, la madre de Mabel y Cuchi otra, y otra más la mujer del Saltahuertos y otra la del Guardacanal. Otra vez el saco vacío, no se las perras que llevo. Salgo corriendo para casa, se las doy a mi madre y cargo otro saco y vuelvo a la calle de tío Vita.

Allí, tía Carmen, su mujer, me compra otra bolsa porque dice que son muy buenos pepinos; la mujer de Baldomero, tía Aurelia otra más y ya de vuelta a mi calle, El Molino, tía Paca la de tío Jacinto me compra dos bolsas (en la familia García son muchos al plato). Alicia la de Torres una más, quedan unos pocos en el saco, son pequeños, se los queda Antonia la Bohonala.

Me voy de nuevo al corral regado, estoy sudando y emocionado, ha sido una experiencia muy provechosa, tanto por conseguir mi objetivo como por ver que la gente es generosa...

Ya estoy en mi piscina particular de nuevo, relajándome y a la vez limpiando el sudor de la satisfacción.

Pues eso, una vez fui vendedor de pepinos, no más de hora y media: ilegal, menor y sin papeles... Circunstancias de la vida, no más. Vendedor de pepinos durante unas horas en un verano de pueblo. Nada comparable como los veranos rurales de la infancia, nada. Salud.