Solo porque es una necesidad humana
La escritora nos recuerda que es 14 de febrero, San Valentín
Noemí garcía jiménez
Jueves, 14 de febrero 2019, 08:40
Desde hace un par de semanas, los escaparates vuelven a estar decorados con corazones y con algún Cupido, señal de que acerca san Valentín. No sabría decir si me gusta o me disgusta, pues no deja de ser una fiesta comercial, aunque tenga un origen romano, pero hay que admitir que resultan llamativos y están mucho más alegres que por otras celebraciones como Halloween, en la que los adornan con calaveras, monstruos y telas de araña. Debido al retraso de la Semana Santa, este año pasaremos de los corazones a las máscaras, otra nota de color para los escaparates.
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Si en el día de hoy hiciera una crítica del estado de enamoramiento, además de no ser procedente, iría en contra de lo que escribo, pues nunca me olvido del amor en el desarrollo de cualquiera de mis novelas. ¿Por qué? Básicamente porque no deja de ser una necesidad humana, porque nos gusta oír hablar de él y nos gusta sentirlo.
El enamoramiento nos hace sentir bien. Cada etapa de la vida tiene su forma de sentir el amor. En la adolescencia, el enamoramiento es más emocional, más ciego e impetuoso. Esto es debido a la liberación de una sustancia por el cerebro, la feniletilamina, que es de tipo anfetamina.
Cada curso, cuando empiezan los alumnos de primero, los chicos se sientan en un lado del aula y las chicas en otro. Para Navidad ya se van mezclando y como muy tarde, al comienzo de la primavera se hace evidente a quién le gusta quién. Es algo que se nota. En cualquier caso, de haberme pasado desapercibido, siempre tengo algún compañero o compañera que en una reunión de departamento o de evaluación lo comenta: «¿sabéis que…?». Sí, como decía al principio, nos gusta hablar del amor, aunque solo sea por envidia.
En la edad adulta, nuestro cerebro libera endorfinas, la hormona de la felicidad, que es químicamente parecida a la morfina. A la privación de sus efectos relajantes y analgésicos pocos se resisten. Además, causa adicción, lo que justifica que se eche de menos a la persona amada tras una ruptura o separación amistosa. Según algunos autores, sus efectos duran diecisiete meses. Me pregunto cómo los han contabilizado, pero es cierto que si durasen eternamente nos agotaría.
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Como toda regla tiene su excepción, he conocido a una persona a la que el enamoramiento le ha durado más de año y medio. Incluso después de dos décadas de matrimonio y de que su pareja falleciera inesperadamente, él seguía enamorado. No suele ser lo habitual y es digno de admirar.
Relaciones de pareja
Las relaciones de pareja no son fáciles, pero por mucho que lo intentemos tampoco somos capaces de renunciar a ellas. Cuando tras una ruptura traumática, tus amigos te dicen que hay que seguir, conocer a otra persona e intentarlo de nuevo, lo normal es que los mires como diciendo que no necesitas para nada el amor. A modo de curación, intentas autoconvencerte de que puedes vivir sin él. Solo lo intentas y durante un tiempo parece que funciona, casi te crees tu propia mentira, hasta que llega alguien y es entonces cuando te das cuenta de cuánto echabas de menos ese estado tan tontín.
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En ese momento, las endorfinas entran en juego y te dejas embaucar, emprendiendo un viaje a la deriva, con muchas dudas sobre si funcionará, pero al menos durante el primer año y medio, te sientes genial. Quién sabe, quizá esta vez funcione.
¡Feliz día de san Tontín!
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