¡Virgen del amor hermoso!, ¿Pero aún estamos así?

"Nos rebelamos frente a un Ayuntamiento que dice invertir y trabajar por la igualdad, mientras mantiene estereotipos lesivos. Nos rebelamos frente al ensalzamiento público de unas creencias que no nos representan"

el tren de la libertad

Domingo, 21 de agosto 2016, 10:48

No salimos de nuestro asombro desde que supimos que el pleno del Ayuntamiento de Navalmoral nombrará a la Virgen de las Angustias alcaldesa perpetúa el 15 septiembre. No porque creyésemos que éste es un Estado aconfesional.

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No es posible opinar así en un país donde la Iglesia Católica recibe 13 millones de euros mensuales de las arcas públicas, un país que mantiene un concordato con la Santa Sede con privilegios como la exención del IBI, donde el Gobierno del expresidente Aznar aprobó una ley que permitía a la Iglesia Católica intitularse propiedades colectivas, donde se mantiene con subvenciones públicas el patrimonio privado, donde se incentiva la desigualdad de oportunidades financiando a colegios concertados en detrimento de los públicos, donde la Ley Wert de Educación sitúa por encima de los hechos científicos a las creencias religiosas, donde

La lista de privilegios es interminable. No podemos más que afirmar de forma rotunda que este país no es aconfesional; por lo tanto, los poderes públicos vulneran de forma continua las normas constitucionales.

El breve experimento de reforma democrática, de búsqueda de libertades colectivas que supuso la II República, parece ser la única excepción en la triste y negra historia de este país sometido desde el Medievo al poder eclesiástico. Este año se cumplen 80 años del comienzo del levantamiento fascista que puso fin a las esperanzas de todo un pueblo. Las heridas nunca cerradas, las injusticias nunca reparadas, el olvido o la ofensa a la memoria colectiva, no han permitido que este país avance hacia una verdadera democracia. Es evidente que seguimos lastrando una cultura represiva y pacata, anclada en la superstición y el folklore mal entendido. Una cultura de tintes medievales, de tradiciones lesivas y opresivas, de fanatismos religiosos, de chorizos y pícaros, de sacristanes y toros, de pandereta.

Esta idiosincrasia que -afirman los interesados en mantener el mismo orden de cosas- es la esencia española; no fue elegida, sino implantada a sangre y fuego. El éxito de la religión católica no está en la verdad de su doctrina, sino en la violencia que usó para imponerla.

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Ochenta años después, no es necesaria la violencia para imponer las creencias y la moral. Hemos interiorizado al carcelero y no necesitamos ya de controles externos. Es eso lo que nos sorprende y nos apena. Un experimento con macacos demostró cómo tras varias generaciones no era necesario el uso de la violencia para modelar su comportamiento. El estudio consistió en colocar unos plátanos encima de una escalera castigando con chorros de agua helada a quien intentaba alcanzarlos. Cuando introducían nuevos primates y éstos se acercaban a los plátanos, el resto de veteranos se lanzaba sobre el nuevo para impedírselo. Finalmente no quedaba ningún mono del grupo original; aún así, el miedo se había trasmitido: aunque ninguno de los macacos hubiese presenciado el castigo físico, seguían sin permitir a los nuevos alcanzar la fruta.

Quizás no seamos tan diferentes a los monos. Bien podemos cambiar el concepto plátanos por el de democracia. El miedo lleva 80 años instalado en esta sociedad, por hablar tan sólo de nuestra historia más reciente. Nos sorprende y nos apena que, generación tras generación, heredemos los mismos traumas sociales sin atrevernos a soñar más allá del rígido marco impuesto. Volviendo a esta nuestra cultura de toros, sacristías y fosas comunes, hemos de repasar los símbolos con los que se construye.

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¿Qué supone que el Estado siga enalteciendo los símbolos católicos y lo que representan, como si esa fuera la voluntad popular? No sólo supone seguir sosteniendo y reforzando los ya mencionados privilegios económicos. La inconmensurable capacidad de adoctrinamiento concedida a la Iglesia Católica es algo que pagamos aún más caro.

Desde el Tren de la Libertad, como no puede ser de otra forma por parte de una organización feminista, consideramos que el Estado no está legitimado para privilegiar los intereses de una minoría -las católicas practicantes- en detrimento de los derechos de todas las mujeres. Las culturas humanas se expresan a través de símbolos que resumen y trasmiten los valores aceptados e impuestos por las élites sociales que diseñan los cambios.

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Valores impuestos

Este país fue durante 40 años un gigantesco campo de concentración con la ayuda de la Iglesia y sus símbolos. Los valores impuestos a todas las mujeres se encarnan en la Virgen María frente a Eva, la pecadora. La madre abnegada frente a la mujer insumisa. Una dicotomía que no deja posibilidad a las mujeres de ser ellas mismas, o santas o putas. No somos lo uno ni lo otro y nos rebelamos ante sus categorías deshumanizadoras. Nos rebelamos frente a un Ayuntamiento que dice invertir y trabajar por la igualdad, mientras mantiene estereotipos lesivos. Nos rebelamos frente al ensalzamiento público de unas creencias que no nos representan.

Frente a esa cultura mojigata y folklórica de vírgenes alcaldesas o condecoradas con medallas al mérito al trabajo, a las que rezan las ministras para solucionar los problemas del paro mientras los ministros confían en ángeles de la guarda para aparcar su coche. Frente a la imposición de una moral opresiva que no reconoce la autonomía de las mujeres, ni nuestros derechos más básicos como los reproductivos, que nos quiere aún sometidas al santo varón del hogar, legitimado por la santa tradición para imponer su santa voluntad, por las buenas o las malas. El feminicidio diario al que asisten poco menos que impasibles los poderes públicos, es la punta visible de un iceberg que tiene su base en los micromachismos simbólicos o evidentes que soportamos cada día. Para decir: Ni una más, hay que dejar de coronar a las vírgenes como alcaldesas perpetúas.

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Ochenta años después de una larga pesadilla de fuego y sangre, somos otras las primates de la jaula. No tenemos miedo, queremos nuestros plátanos y los queremos ya.

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