Aventuras ferroviarias de verano
"Yo me limitaba a pensar que antes no había teléfonos móviles, los trenes también se paraban, y no pasaba nada"
Noemí García Jiménez
Lunes, 15 de agosto 2016, 17:01
Tan solo dos días después de haberme quedado atrapada en un vagón, bajando de Plasencia, por un fallo informático en mitad de la nada, me aventuré a coger el mismo tren para volver de Cáceres, confiando en que no pasase por segunda vez. Aunque estaba convencida de que probabilísticamente era difícil, algo en mi interior me mantenía alerta.
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La segunda vez, la llegada del tren a la estación cinco minutos antes lo interpreté como una buena señal, pero cuando este se detuvo, el sistema eléctrico que abre las puertas de los vagones se resistió a funcionar. ¿Habrá una especie de gafe en ese tren?
A pesar de todo, el tren abandonó a su hora exacta la estación y recorrió los primeros kilómetros hasta el siguiente pueblo entre frondosas encinas. Rodeó el pantano sin ningún contratiempo, en cuyas orillas había gente disfrutando del frescor de sus aguas en un día de agosto no demasiado sofocante. Pequeñas olas se dibujaban en su superficie.
Al cruzar un largo puente, como puede notar en los oídos, comenzamos a ascender. El paisaje montañoso era bello pero no descartaba que se volviese a parar lo que no me permitía disfrutar. Además, todavía no había llegado al tramo en el que se detuvo la vez anterior.
En el primer viaje, nada hacía sospechar que sufriría una avería, hasta que las encinas dejaron de moverse. Al poco, una voz asustada rompió el silencio materializando nuestras sospechas, no avanzábamos. A un lado un barranco y encinas, al otro un barranco y una loma, y justo en medio nuestro vagón. Miramos instintivamente los teléfonos móviles, estaban sin vida.
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En escasos minutos, que se nos hicieron eternos, el revisor acudió en nuestra ayuda, informándonos de que los compresores habían fallado. Como respuesta, mis compañeros de vagón le abrumaron con quejas, no tengo cobertura, no puedo llamar, hay que avisar a las familias, nos estarán esperando... Yo me limitaba a pensar que antes no hay teléfonos móviles, los trenes también se paraban, de hecho más de una tarde de domingo me quedé en Montearagon camino de Madrid, y no pasaba nada.
Esclavos de la tecnología
El revisor intentó calmarlos diciéndonos que se había activado el plan de emergencia, lo que a alguno no le sonó muy tranquilizador y menos aún en un vagón en que el pánico era contagioso.
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- Por eso he tardado un poco en venir a avisarles añadió había que buscar un punto con cobertura para poder avisar de la avería e indicar nuestra ubicación.
- ¿Qué haremos ahora?
- Hay un técnico revisando la máquina en este momento. Si no funcionase, tendría que venir otro tren a revolcarnos. Discúlpenme voy a hablar con los ocupantes del otro vagón.
En realidad, a los veinte minutos habíamos reanudado la marcha. Se apagó el ordenador del tren y al encenderlo volvió a funcionar correctamente. Imagino que el retraso acumulado se recuperó entre Navalmoral y Torrijos, llegando bien a Atocha.
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Como moraleja, nos hemos convertido en esclavos de la tecnología.
Otra conclusión que saqué de aquel viaje que por mucho que nos lamentemos de no tener AVE, en el tren iríamos, como mucho, una docena y media de personas, seis por vagón. Si no usamos los trenes y autobuses es relativamente normal que nos hayan suprimidos servicios.
Por tanto, no nos quejemos de que no tenemos apenas líneas al día, económicamente no compensa, hay que reconocerlo
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