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Mediciones en torno a la plazuela HOY
In memoriam

Opinión

In memoriam

Hoy nos amenazan con, en aras del progreso y la ¿permeabilidad?, eliminar ese elemento que ha albergado a tantos niños durante más de 30 años y nos quieren endilgar un túnel largo y tortuoso...

Fernando Alfonso Velasco, descendiente

Sábado, 23 de marzo 2024, 23:20

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Recordado abuelo, añorado papá: tecleo estas líneas desde el barrio del que tú fuiste pionero, abuelo, allá por el lejano 1928. Ya quedan pocos en tu pueblo que sepan que tu sueño era construir tu casa en las Eras de abajo, extramuros, en un lugar alejado del centro urbano, pero muy cerca de la estación del joven ferrocarril.

Una vez más demostraste tus dotes de visionario, y así compraste a Don Casto Lozano -donante de los terrenos en los que se asienta el parque municipal, ése que nos quieren expropiar- un terreno para edificar tu hogar y un grupo de viviendas para alquilar. Y no sólo construiste tu morada sino, también, pocos años después, una innovadora fábrica de mosaicos, ladrillos y otros materiales, que fue creadora de empleo y sustento extra de tu familia durante dos décadas.

Y la ubicación te resultó de lo más conveniente, «a favor de obra», como le gustaba decir a tu hijo. Tu excelente relación con el jefe de estación te facilitó que tus operarios se acercaran al tren que transportaba los materiales, los descargaran y los llevaran directamente al tajo, a esa obra que se prolongó durante tres años.

El vendedor de los terrenos intentó recomprártelos, y ante su insistencia le respondiste aquello de «Casto, quiero cumplir mi sueño y lo quiero cumplir aquí». Y así lo hiciste, iniciando la exploración de nuevas tierras que poco a poco se fueron poblando de edificaciones que hoy siguen en pie, quedando para la historia que Miguel Alfonso Gómez, maestro albañil autodidacta, había construido unas casas bautizadas popularmente con el sobrenombre de 'Las casas de Miguel Alfonso', novedosas por ser las primeras del pueblo en tener el váter dentro de las mismas.

Y mientras construías tus viviendas singulares, tu labor como constructor se afianzó no sólo en tu pueblo sino también en los alrededores. Nunca olvidaré, abuelo, el programa de radio, en la COPE, con la entrañable Rosa Bautista conduciendo la entrevista, en las que un joven arquitecto moralo, Jesús Gómez Medinabeítia, te hizo un sentido homenaje como figura destacada de la albañilería local del primer tercio del siglo pasado, en el que destacó tu faceta constructiva. Un programa detallado y documentado, memorable, en el que Jesús demostró, desde los ojos de un estudioso de la construcción, que fuiste un adelantado a tu tiempo, un moralo de raza que siempre miró por el bien de su pueblo.

Enumeró tus obras más relevantes, entre las que destacó las bóvedas de San Andrés, la torre de la ermita de las Angustias, el colegio de las Monjas, la Tabacalera, la Algodonera, el grupo escolar de las hoy conocidas como Escuelas de la vía, la ampliación del antiguo matadero.

Por no mencionar que levantaste un palacio para las señoritas de Arnús -las mismas que te encargaron construir el colegio de las Monjas- en La Corchuela, Toledo, proyectado por una eminencia de la arquitectura de la época, Luís Gutiérrez Soto, creador de edificios emblemáticos como el Ministerio del Aire y el edificio de Galerías Preciados, en Madrid. Nuestra familia, tu familia, abuelo, nunca estará lo suficientemente agradecida a Jesús por tan minuciosa y cariñosa semblanza.

Y tú, papá, confeso idólatra de tu padre, del que heredaste nombre y percha, en una brillante mañana veraniega de mediados de los 70, pusiste el grito en el cielo cuando, ante tu estupefacción, viste, vimos, como a escasos metros de las casas que tu padre proyectó y construyó con tanto detalle y mimo, cercaban con enormes puntales de madera una parcela que iba destinada a ser un bloque de pisos.

Aquel regato de nuestra niñez, que tan buenos ratos nos hizo pasar, no era un mero arroyuelo de barrio en el que, en invierno, jugábamos a las barquinás. No, era, según tú documentaste al Ayuntamiento, un colector municipal y, por lo tanto, era ilegal construir en ese pedazo de tierra cualquier tipo de vivienda.

Tu escrito surtió efecto y, a los pocos días, ese terreno volvió a quedar diáfano para alivio del vecindario y para albergar los más diversos objetos. Desde accesorios de excavadoras, una ratona, a diversos materiales de obra, sin olvidar el socorrido aparcamiento para los escasos camiones del barrio, además de convertirse en una enorme charca difícil de vadear en época de lluvias.

Te granjeaste la enemistad del promotor de aquella ilegalidad, un supuesto llamado amigo tuyo, pero gracias a tu actuación, muchos años más tarde, bajo el mandato de Javier Corominas, nos levantamos con la agradable noticia de que el regato pasaría a mejor vida y que su lugar lo ocuparía una plazuela, para deleite de la creciente chiquillería del barrio, además de urbanizar la zona, con anchas aceras, nuevos árboles y zonas verdes.

Cierro los ojos y veo nítidamente desde el balcón de nuestra casa de invierno al alcalde/arquitecto supervisando la obra y corrigiendo, con grandes aspavientos, la altura de las que más parecían unas barreras de plaza de toros de juguete que un elemento para plantar ornamentos variados. Y a mediados del año 91, antes de que el regidor se trasladara a Mérida a desempeñar labores de consejero de Vivienda, Urbanismo y Transporte, la coqueta plazoleta quedó finalizada, y tú, papá, acompañaste a la cuadrilla municipal que hizo posible esa obrita a tomar «un vinito con puñeterías» como te gustaba decir, a dónde si no, a la cafetería Gredos, por cuenta de la casa.

Hoy nos amenazan con, en aras del progreso y la ¿permeabilidad?, eliminar ese elemento que ha albergado a tantos y tantos niños jugando durante estos más de 30 años y nos quieren endilgar un túnel largo y tortuoso. Sé que tú, papá, te estás revolviendo allá arriba ante tamaña «barrabasada», vocablo que aprendí de ti, e intuyo, abuelo, que te parecerá increíble que aquel tren que te ayudó a dar a luz a tu proyecto más personal sea el motivo de nuestros desvelos.

Nosotros, aquí abajo, a pie de obra, a los escasos 13 vecinos que residimos de manera permanente en torno a esa plazoleta, si exceptuamos a los números de la Benemérita que también se van a ver directamente afectados por la salvajada, parece ser que ya sólo nos queda la opción de levantar la voz y decir a grito pelao que no creemos que esta actuación nos conduzca a ningún tipo de progreso y que esa pretendida permeabilidad -infumable- sea la solución para un pueblo que se verá abocado a sobrevivir a un insoportable atasco perpetuo, y que chocará frontalmente con aquella idea de pueblo abierto, acogedor, entrañable y luminoso que yo mamé desde chiquinino.

Hoy, con tristeza, os digo que aquellos sueños que los dos visteis realizados saltan por los aires entre traqueteos y martilleos insoportables, espesa polvareda, trasiego de maquinaria pesada, pintadas en el asfalto, chalecos reflectantes armados con trípodes asesinos y mediciones milimétricas para, con precisión quirúrgica, perpetrar el delito.

Pero, por encima de todas las cosas, seguimos teniendo la amarga sensación de que los que deben luchar por parar este sinsentido, sin más dilación, no tienen la suficiente valentía para hacerlo, esa que vosotros sí tuvisteis al apostar por este cachino de vuestro querido Navalmoral para vuestro proyecto de vida. Vuestra familia os estará eternamente agradecida. ¡Hasta siempre, Migueles!

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