Opinión

La Jaula

Ese jilguero, es ahora mi pueblo. Y esa jaula que impide su vuelo es el olvido de un niño gordo, caprichoso, malcriado y grosero, que pasada la satisfacción de hacerse con él, le mantiene olvidado...

Antonio Piné

Sábado, 30 de octubre 2021, 21:23

Hubo un tiempo de churretes en la cara, calzonas rotas, tierra en los zapatos, piqueras y postillas; orgullosas heridas de irreductibles guerreros. Leales y orgullosos amigos. Temibles y fieros enemigos de imaginarios adversarios.

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Hubo un tiempo ya lejano, en el que corríamos dejando atrás el gris pasado, buscando un futuro de colores pintado. Dónde la inocencia lo hacía todo posible. Aprendíamos a vivir, sin saber que estábamos aprendiendo. Caías y te levantabas porque no había otra. Risas en las victorias, lagrimas para las derrotas. Auténticas y puras ambas.

De aquellos interminables veranos, me viene, ahora, un recuerdo más que apropiado, pues sin saberlo estaba viendo lo que ahora viviría. Recuerdos que se me despiertan mirando a los ojos de quien tiene todo un futuro por delante.

En las Eras del Cerro, campo de batallas para nuestras cortas piernas, ignoto universo, donde el Sol imponía su ley, cuajada de espigas, cardos y aragüelles, con alguna vanidosa amapola asomando valiente, por donde las vacas del Tío Luis, ¿sabéis? Allí, se tiraban nubes de gurriatos, colorines y verderones, antes de que el calor se lo impidiera, para hacer acopio de comida, los del año, y los viejos, para sus nidadas tardías. Pues ahí, los que ya llevaban pantalones largos y camisa, a los que apuntaba el bigote, ponían los palos untados con liga.

Cuando recogían sus capturas, volvían al barrio con ellas en una jaula tan vieja como el método de captura utilizado. Si la suerte estaba de tu lado, podías conseguir un pájaro, bien que por su juventud no habían podido identificar el sexo, bien que, pese al cuidado puesto, no se pudiese vender por maltrecho y desplumado.

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Corrías a casa con tu tesoro entre las manos. Preparabas una jaula con todos sus apaños. Alpiste, agua fresca y lechuga. Entonces, una realidad aún incomprensible te asaltaba. El ser al que estabas dispuesto a dispensar toda tu atención y cariño, se golpeaba incansable contra los barrotes. El miedo ahuyentaba la ilusión primera. Parecía imposible que un pajarillo tan frágil, luchara con tanto ahínco por escapar. ¿Y por qué?

Algo tan pequeño, cuya vida es un suspiro, ¿prefiere los peligros de la libertad antes que la seguridad de una jaula, donde nada le falte? Evidentemente está en un error.

Los que más sabían de esto, te decían: Tápalo. Que ni vea ni oiga. Que no le falte agua y comida. Al final se rendirá, o morirá de hambre. Si se amansa, ponle, tapado, donde escuche a otros pájaros enjaulados cantar, verás como al poco, le oyes piar.

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¿Qué misterio era ese, que, estando dispuesto a morir por volar libre, si le ciegas y solo oye a otros que han aceptado su suerte, acaba por rendirse? Lo que no está claro, es que tú ganes. Posees una hermosa criatura. Disfrutas de su compañía, sus colores y su canto. Aunque siempre tendrás la duda de si, sus plumas no serán banderas, que alejen a otros. De si su canto no será un lamento al viento, que narre su pena. Obligado a estar contigo, y con una chispa de culpa en el alma, procuras que nada le falte. Siempre limpio y bien cuidado. Guardián y reo por siempre atados.

Con los años pasados, habiendo vivido lo que me ha tocado. Sabiendo un poco; no demasiado, esa imagen se troca en lo que está sucediendo. Y me vienen imágenes que estrujan el alma en puño de hierro.

Ese jilguero es mi pueblo

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Ese jilguero, es ahora mi pueblo. Y esa jaula que impide su vuelo, es el olvido de un niño gordo, caprichoso, malcriado y grosero, que pasada la satisfacción de hacerse con él, le mantiene olvidado, con lo justo para que no caiga de la percha al estiércol que bajo sus patas se ha amontonado. Ave gris y casi ciega, pues el alpiste es muy justo y al Sol no le llevan. Mudo porque su canto del pecho ya no le nace. Ni se mueve ni se asusta, cuando el monstruo se le acerca, haciendo sonar los barrotes y silbándole en el pico esperando alegre respuesta.

Si la puerta se le abriera. Si la jaula no estuviera. ¿Podría el colorín volar? Me temo que ni fuerzas para eso le quedan.

Mal día el que cayó en liga traicionera. Mal día el que aceptó comer a ciegas. Mal día el que creyó que trinos escuchaba, y no cantos de sirena que a la sumisión le condenan. Más si malo todo esto, y agachó la cerviz antes que morir contra las rejas, lo que no tiene perdón es que cayó en manos aviesas. Las peores que hubiere, pues tan malas no se encuentran.

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Si preso ha de vivir el colorín desgraciado, al menos jaula amplia, agua fresca, mucho pienso, fruta buena y cuidados de primera. Así he visto yo, jaulas sin puerta, ventanas abiertas. Van y vienen. Libres vuelan. Obligado el cuidador, feliz quien elige y lo acepta.

Se me muere mi jilguero. Se me muere la mí tierra. Se me apaga poco a poco, muda, sorda y ciega. No la dejéis morir en estas manos traicioneras.

Long Life to White Trash.

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