Colaboración
Homenaje: la encina que nos acompañó en la enseñanza de ser puebloHay árboles que dan sombra y los hay que dan identidad, en Rosalejo hemos perdido uno de éstos
Raúl Vázquez Sánchez
Martes, 17 de febrero 2026, 17:52
Las borrascas han pasado causando cuantiosos destrozos y pérdidas. Pero hay pérdidas que no caben en un parte de daños. Hay ausencias que no se sustituyen con maquinaria ni presupuestos. Y ésta es una de ellas. La encina caída en el colegio como consecuencia de la borrasca Oriana, con vientos huracanados, dejó en mi pueblo la triste estampa de la imagen adjunta.
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Los daños han sido cuantiosos desde tejados, destrozos en viviendas, invernaderos, pabellones, porches, naves, caminos e infinidad de árboles caídos. Entre esos árboles el más singular y carismático para los rosalejan@s es la encina del colegio. Tod@s hemos compartido algo con ella.
Nos acompañó en nuestros recreos, las primeras bellotas, los primeros apoyos para jugar al escondite o a burro, las primeras escaladas... En definitiva un referente para nuestra infancia, todo un símbolo que convierte su pérdida en un triste y cruel pasaje en nuestras vivencias. Porque no era solo madera centenaria. Era escenario. Era testigo. Era refugio. Era ese lugar al que todos volvemos cuando cerramos los ojos y pensamos en la infancia. Una encina educada, respetada y respetuosa que hasta para despedirse ha sabido caer sin provocar daño alguno, en un día no escolar y en una posición que ha salvado cualquiera de las infraestructuras que la acompañan.
Se salvó del desmonte
Esta encina se salvó del desmonte que se realizó en los años 50 para preparar el emplazamiento donde se habría de ubicar nuestro pueblo, algún ingeniero de montes o arquitecto vio su salvación como una oportunidad a que la naturaleza compartiera espacio con un centro educativo público y, en definitiva, con la infraestructura de un nuevo pueblo de colonización.
En esa inmersión, en una simbiosis perfecta entre el pasado y el futuro, entre la naturaleza y el progreso, entre lo salvaje y el orden educativo, toda una combinación perfecta y sobre todo que nos dió referencia e identidad. Quizá por eso duele mirarla en esa posición actual y no imaginarla eterna. Porque representaba algo más profundo que su tronco y sus ramas: representaba la continuidad. El puente invisible entre quienes fundaron el pueblo y quienes crecimos bajo su sombra. Una compañera de juegos y vivencias inconfundible, una maravilla natural extraordinaria, un referente para todos, una perdida que nos une, un símbolo para nuestro sentimiento rosalejano.
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Incluso caída, incluso vencida por el viento, sigue cumpliendo su función: recordarnos que compartimos raíces. La encina ya no está en pie, pero sigue erguida en la memoria colectiva. Sigue viva en cada recreo recordado, en cada bellota guardada, en cada fotografía antigua, en cada conversación que empieza con un «¿te acuerdas cuando…?». Al final, quizá eso sea lo que distingue a un árbol común de un símbolo. Que cuando cae, no desaparece. Se transforma en conciencia, en identidad, en orgullo compartido.
Rosalejo ha perdido una encina, su encina, pero ha reafirmado algo mucho más fuerte: su sentimiento... y eso no hay borrasca que lo arranque. Viva Rosalejo!!!. Suerte.
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