Accede sin límites

Suscríbete

Opinión

Uno de los nuestros

Jose, sin acento, el peraleo, cuelga definitivamente las botas y aparca por última vez en la nave de Urbaser su peculiar carro de la limpieza

Jose, el peraleo, en el paseo de la Estación FAV

Hay gente que hace su trabajo porque no le queda más remedio, y se nota. Hay gente que hace su trabajo para poder comer, pagar ... las facturas a fin de mes, y porque no ha tenido la opción de elegir. Y hay gente que, aún habiendo querido hacer otra cosa en la vida, hace su trabajo con una actitud que es digna de admiración.

Y una mañana vas a pasar la ITV y te encuentras a un tipo que percibes desde el segundo uno, por su mirada sucia, que se ha levantao con el pie izquierdo, no tiene su mejor día, e intuyes que tú puedes ser su victima propiciatoria para descargar en ti todas sus frustraciones diarias y expectativas sin cumplir.

Y sacan pegas inverosímiles a tu vehículo, y así, la funcionaria resignada y con un cierto aire de empatía te dice con lástima: «tiene usted que venir otro día, la revisión es desfavorable». Y al toparte de pura casualidad con el Terminator local, crees ver en el funcionario-me-he-tragao-un-sable una mueca a modo de «joróbate y regresa a verme el careto». Este, pobrecillo, encaja perfectamente en el primer grupo.

Y hay gente que desde el alba están dispuestos a llenarte de color el día y te dan sobrados motivos para sentir que ahí fuera, aún, quedan seres humanos hechos de una pasta especial. Porque, seamos claros, ¿A quién le gusta levantarse con el primer canto del gallo, ponerse el uniforme fosforito de trabajo, coger el vehículo especial con tos los avíos de limpieza y salir a hacer la calle y dejarla aviá?

Hoy, 30 de abril, se nos jubila un personaje que ha inundado nuestras calles, especialmente las de mi barrio, el destruido, de una energía difícilmente sustituible. Hoy, Jose, sin acento, el peraleo, cuelga definitivamente las botas y aparca por última vez en la nave de Urbaser su peculiar carro de la limpieza, con su exclusiva e inimitable bocina, herencia directa de otros formidables entretenedores, los Payasos de la Tele.

A diferencia de estos últimos, nuestro inefable barrendero no tenía programa en la televisión estatal ni tiene una calle con el nombre de uno de ellos, el gran Fofó, en el distrito de Vallecas de Madrid, pero ni falta que le hace.

Y como los grandes showmen patrios, Jose se levantaba cada mañana para no sólo hacer su bien su trabajo, sino para alegrarnos la vida a todo aquel que teníamos la enorme suerte de coincidir con él. Siempre tenía un ratino para comentarte el último chascarrillo de la actualidad morala, desde el respeto y desde un sentido del humor que solo tienen los elegidos.

Podías usar su compañía para compartir buenas y no tan buenas noticias, encontrando siempre en él apoyo, comprensión y una palabra de ánimo con ese vozarrón tan marca de la casa que se oía más allá de la provincia. Lo mismo hacía de psicólogo de guardia, escuchando las desventuras de éste o aquel, que de apaga fuegos porque un compañero no se hacía con la realidad del El Cerro, y cual juez de paz, allá que se encaramó para, tirando de carisma pero también de firmeza, se ganó el respeto de la etnia predominante.

Y de vuelta a su zona primigenia, se encargó de informar a su superior de que el estercolero originado por las obras del innombrable estaban invadiendo la acera y de que las ratas empezaban a aparecer. Él se encargó con diligencia de aquello se adecentara, exhibiendo esa sincera sonrisa hipnótica.

Desde los 14 años

Currante desde los 14 años, su padre le metió en la construcción porque se necesitaba el jornal y el inquieto chaval le confesó que lo de estudiar se le atragantaba. Y encontró ahí un sitio que le enganchó, hasta que, años después, por esas casualidades del destino, estando en el bar de su pueblo, alguien le comentó que estaban buscando personal para hacer sustituciones en el cuerpo de barrenderos de la capital.

Y, casi sin querer, tacita a tacita, contrato temporal a contrato temporal, cada vez más largos, en el '98 pasó a formar parte del equipo titular de los limpiadores locales. Jose no va echar de menos las cenas de Navidad partidas por la mitad porque al día siguiente trabajaba; no va a añorar ni una miajina la limpieza del mercadillo en pleno mes de julio, a las 3 de la tarde, a 42º grados; no se va a revolver inquieto en el sofá de casa porque no tenga que recoger las toneladas de basura generadas durante los carnavales. El frío mañanero de los crudos inviernos moralos se quedarán en su recuerdo para siempre.

Lo que sí va a echar mucho de menos es el contacto directo con la ciudadanía morala que tanto cariño le hemos demostrado durante los 28 años que nos ha adornado la vida con su actitud positiva ante todo lo que ésta nos deparaba.

Creo que no se va a resistir a dejarse caer por el sanatorio del barrio, el Bar Feni, donde coincidíamos a media mañana la fauna más variada que uno se pueda imaginar, y donde Jose era el indiscutible y consumado maestro de ceremonias llenando el ambiente de energía positiva.

Yo propongo a su empresa que retire de la circulación el carro que ha usado, al más puro estilo americano de retirar la camiseta de los grandes de la NBA, porque este tío ha sido una estrella rutilante del día a día moralo, y ya nada será igual. Salud, parchorcho, y ¡Hasta siempre, fenómeno!

Postdata: «Pero ¡qué buena persona eras de chico...! ».

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Accede sin límite a todo el contenido