Las firmas de HOY Navalmoral

El mini museo La Casa de la Abuela, historia viva

Una de las muchas visitas que está recibiendo el mini museo /HOY
Una de las muchas visitas que está recibiendo el mini museo / HOY

«Podrán ver allí la forma de alumbrar cuando al lado de la puerta de la casa no había un interruptor, cómo se tenía agua cuando no había un grifo milagroso...»

JOSÉ MARÍA GÓMEZ DE LA TORRE

Hace unos años, el ambiente estudiantil de Navalmoral era preocupante. Muy preocupante. Se había adueñado de la mentalidad de los alumnos de los cursos más altos un espíritu de rebeldía frente al profesorado, extensivo a cualquier tipo de autoridad que tendiese a imponer cualquier forma de orden o disciplina que coartase lo que ellos entendían por libertad -su sacrosanta libertad- sin que les cupiese en la mente que además de derechos también tenían obligaciones.

Eran líderes de aquel movimiento de indisciplina alumnos varones con más edad de la media en su curso por ser repetidores de varios, cuyos mayores méritos eran su descaro, la falta de respeto a los profesores, la desconsideración hacia los más débiles, la violencia con quien se atreviese a llevarles la contraria con la palabra y el acoso a quien se la llevase con los hechos.

No les faltaba el éxito entre algunas adolescentes y preadolescentes que en ese periodo de su vida se chiflan por los «malotes» y encontraban terreno abonado entre quienes iban accediendo de cursos inferiores, hartos de oír hablar de los derechos del niño, sin saber muy bien de lo que iba el asunto y que imaginaban que todo era poder llevar la contraria a los adultos sin que estos les pudieran dar un cachete ni quitarles de jugar con la nintendo.

A los doce-trece años tiene que resultar impactante encontrarse con un mozalbete que contesta mal al profesor, que «pasa» de calificaciones, que fuma en las esquinas del patio, que habla con osada seguridad; que «marca» a ese chaval que no da la nota en clase, a ese que contesta a las preguntas que le hacen y que saca sobresalientes en los exámenes, al que ridiculiza, pone como claro exponente del gilipollas nenaza y lo expone al acoso del resto de su clase.

A esa edad nadie se cuestiona la autoridad del «malote», ni piensa que, posiblemente, haya elegido el camino de la indisciplina, rebeldía y pasotismo para ocultar su falta de capacidad de aprendizaje.

Preocupados por ese mal ambiente sin saber cómo remediarlo, el consejo escolar de un colegio tomó la decisión de convocar a los alumnos de los dos últimos cursos para que expusiesen sus problemas y manifestasen sus quejas.

Iniciada la reunión, tras exponer la voluntad de escuchar las quejas y reivindicaciones que tuvieran que hacer, se adueñó de la palabra uno de los alumnos. Por su modo de expresarse y con sus convicciones académicas lo imagino haciendo hoy la presentación de una candidata a diputado autonómico:

«Amigas y amigos ciudadanos y ciudadanas de este pueblo: estoy aquí, delante vuestro y vuestra, para deciros de que vais a ser los primeros y las primeras en conocer a quien va a tener el honor de ser la representanta vuestra y vuestro ante la cámara territorial, y que tomará la palabra detrás mío y se pondrá aquí, delante vuestra y vuestro para que le podáis de contar vuestras y vuestros inquietudes».

Gómez de la Torre, firma habitual de HOY
Gómez de la Torre, firma habitual de HOY

Como decía, se apoderó de la palabra uno de los alumnos que, como buen conocedor del curso al que asistía -era su tercer año en el mismo- y con la experiencia que le daban sus diecisiete años acerca las necesidades académicas que se requieren en la vida, se lanzó a hacer una reforma llena de pragmatismo del sistema educativo.

-«Es que nos hacen estudiar cosas inútiles. ¿Para qué me vale a mí saber gramática si quiero hacer informática? ¿O a este estudiar matemáticas si quiere ser abogado? ¿Para qué tenemos que saber hacer raíces cuadradas si las calculadoras las hacen más rápido que nosotros? ¿Y por qué no nos dejan las calculadoras en los exámenes?...»

Y así prosiguió «repelando» asignatura por asignatura, jaleado por el resto de alumnos que le daban la razón a grito pelado.

Una de las asignaturas que rechazó en todos los casos por su «inutilidad» fue la Historia. ¿Para qué nos vale estudiar historia, si no vale «pa» nada? El griterío impidió que nadie pudiese oír la respuesta que dio alguien del consejo escolar: «Para que conozcáis y no repitáis los errores cometidos por vuestros antecesores y para que sepáis de donde venís».

Un pedazo de historia

Hoy, aquellos muchachos que no entendían que la historia cuenta cómo ha sido la vida de los hombres, cómo ha evolucionado la sociedad, cómo era el día a día, cómo y cuánto se trabajó para mejorarlo, cómo se luchó, a veces cruentamente, para salir de la pobreza y para mejorar el nivel y las condiciones de vida, pueden ver en Navalmoral, en el minimuseo etnográfico La Casa De La Abuela, un pedazo de esa pequeña historia cotidiana que les enseñará a conocer de donde vienen.

Podrán ver allí la forma de alumbrar cuando al lado de la puerta de la casa no había un interruptor, cómo se tenía agua cuando no había un grifo milagroso. No verán una lavadora sino la cajuela y la taja afortunadamente olvidadas...

Pero mejor que describir lo que se puede ver, visítenlo, pregunten y escuchen las explicaciones de Angelines.

Tal vez los muchachos que participaron en aquella reunión se podrán dar cuenta de aquellas sandeces del inicio de su adolescencia y aprenderán a respetar, a no despreciar, a valorar el trabajo de sus antepasados de un ayer reciente que con su esfuerzo lograron que ellos vivan un hoy mejor.