Desde la Moto de Papel

La honra de la marquesa cacereña y un bienhechor de Extremadura

La honra de la marquesa cacereña y un bienhechor de Extremadura

Sergio Lorenzo
SERGIO LORENZOCáceres

Jack, así se llama el podenco español que le hemos regalado al compañero Manuel Caridad, para ver si se cura de su depresión extremeña. Yo era reacio, porque me desespera la gente que se convierten en esclavos de sus perros, los que los humanizan vistiéndolos, y porque una vez vi en la terraza de Casa Claudio, en Casar de Cáceres, una escena que no se me va de la cabeza: una mujer que estaba en la mesa contigua cogió a su pequeño pekinés y comenzó a hacerle arrumacos. Ella acercó la boca del animal a la suya y empezó un asqueroso baile de lenguas que hizo que tuviera que levantarme, sin poder tomar ya las sabrosas tencas que tenía en el plato.

Pero Jack, el doctor Jack como yo le llamo, es otra cosa. Acompaña fielmente a Caridad por la Ciudad Monumental, y el amigo parece que va mejorando gracias a su perro y a mantenerse entretenido con la historia de Extremadura.

El otro día conocimos a un personaje interesante, a Carlos Zamora López, presidente de la Fundación Cultural Concha de Navalmoral de la Mata, que nos sorprendió al contarnos cosas del creador de la Fundación.

Resulta que Antonio Concha y Cano nació en Plasencia en 1803. Sus padres le mandaron al seminario, pero con 17 años se escapó, uniéndose a la Milicia Nacional. Llegó a Cáceres con 20 años formando parte de la Milicia organizada por la Diputación Provincial, que intervino junto a las tropas de El Empecinado en la toma y saqueo de la ciudad de Cáceres, luchando luego en Aliseda contra los absolutistas.

En esos tiempos revueltos, cuando volvió a triunfar el absolutismo nuestro Antonio Concha es condenado a muerte, y huye a Portugal y luego a Inglaterra. Solo regresa a Cáceres en 1828, cuando Fernando VII concede un indulto. Con 25 años ejerce de escribiente en la Audiencia Territorial (ahora Tribunal Superior de Justicia de Extremadura) y de procurador de los tribunales.

Es entonces cuando traba amistad con una mujer que tuvo que ser una persona muy destacada en el Cáceres de la época: con María Justa de Ussel Guimbarda y Marín, IV Marquesa de la Isla. Ella vivía en un edificio al que dio nombre, el Palacio de la Isla. Un edificio que tiene como peculiaridad el tener una gárgola con una mujer masturbándose, palacio en donde ella organizó bailes y juegos para la sociedad cacereña.

Investigando, Manuel Caridad dio con el libro de Publio Hurtado, 'Recuerdos cacereños del siglo XIX' y le impresionó lo que leyó.

–Vaya con Publio Hurtado; era bastante cotilla –dijo enseñando el gran libro de tapas amarillas que hay en la Redacción–, mirar lo que dice de la marquesa: «dispensó extremada protección a los liberales, a veces con menoscabo de su honra. Dígalo, entre otros, don Antonio Concha, que de pobre escribiente y haciendo escabel de las debilidades de la marquesa llegó, andando el tiempo, a personaje acaudalado y diputado a Cortes».

Buscando cosas sobre esta marquesa dimos con el tomo 'La casa de Ovando' escrito por José Miguel de Mayoralgo y Lodo. A partir de la página 682 se cuenta que María Justa de Ussel nació en 1777 en Arroyo del Puerco (hoy Arroyo de la Luz) y que con 20 años se casó en la entonces iglesia de Santa María de Cáceres con el sevillano Alonso de Montalbo de Ovando. Lo llamativo de este matrimonio es que se separaron y que llegó a instruirse una causa sobre esta separación en la Real Audiencia de Extremadura.

Con 30 años ella declaró que su marido solo la quiso para tener descendencia legítima, ya que él tenía «torpe comercio» con una criada de la casa en la que vivían en Lora del Río. Ella la echó, pero él siguió con «el trato criminal con aquella mujer», que se ponía a su lado en la iglesia ostentando las joyas que su marido le regalaba. Decía que su marido se acostaba con otras mujeres, y que incluso había dejado preñada a una criada que había llevado de Extremadura.

Estando así la situación, ella se vino a Cáceres, al palacio de la Isla estando embarazada. La niña, que se llamó Antonia, murió en 1804 cuando tenía 3 años. Fue enterrada en la capilla del Santo Cristo de la iglesia de Santa María. Le vivieron dos hijos: María de los Dolores y Antonio. Por una real orden se dispuso que ella viviera en Cáceres y que su marido le mandara 15.000 reales anuales.

Haciendo vida de mujer separada en Cáceres conoció a Antonio Concha, 26 años más joven que ella, que según cuenta Fernando Jiménez Berrocal le dejó que montara la Imprenta Concha en el Palacio de la Isla. Él vivía en el número 6 de la calle Nidos.

El marido de la marquesa murió en 1829 y ella en 1839. Tenía 62 años y nuestro Antonio 36. Según Publio Hurtado, antes de morir la marquesa logró que Antonio Concha fuera diputado provincial, lo fue de 1837 a 1843. En 1844 creó una especie de gestoría administrativa a la que llamó 'Agencia General de Negocios' y editó un periódico. En 1850 fue concejal de Cáceres hasta 1852, y en 1854, con 51 años, dio el salto a Madrid, siendo diputado a Cortes por Navalmoral de la Mata. Se sabe que con 70 años fue el primer alcalde republicano de la ciudad de Cáceres, de abril a agosto de 1873.

Después se marchó a vivir a Navalmoral de la Mata, en donde falleció el 21 de octubre de 1882, a los 79 años. Murió soltero. En su testamento dejó dinero para repartir entre los pobres y para crear una escuela y una biblioteca, que fue el origen de la Fundación Concha, que tanto hizo para acabar con el analfabetismo en Navalmoral de la Mata.

El 2 de enero de 1885 se inauguró la escuela y biblioteca de Antonio Concha, encontrando Manuel Caridad una reseña de la inauguración en la publicación de la época Ilustración artística. Nos la leyó en voz alta:

«En un modesto pueblo de Extremadura, en Navalmoral de la Mata, se ha celebrado una ceremonia que ha pasado inadvertida entre el tumulto de los sucesos últimamente ocurridos en Andalucía, y entre la chilladiza de las huestes políticas. En ese pueblo se ha inaugurado una escuela biblioteca erigida y creada con los fondos que legó al morir el señor don Antonio Concha y Cano.

Los que esperamos algo de la cultura de la generación nueva, debemos gratitud y recuerdo al nombre del modesto patriota que ha hecho más con un acto de desprendimiento que muchos oradores con su elocuencia y su vanidad.

El docto catedrático González Serrano, en el acto de la inauguración, saludaba con entusiasta frase la sombra del muerto que debía presidir la solemnidad. Y decía González Serrano: 'Para daros una idea de aquel espíritu excelso y de aquel liberal convencido y sincero, basta recordaros un detalle singularísimo de su vida. Del bombardeo de aquellas Cortes de que formó parte (las del 54), conservaba como invaluable reliquia el trozo de un casco de granada y mostrándosela al que tiene el honor de dirigiros la palabra solía decirle. –He aquí el símbolo de los males de nuestra patria, el militarismo....– Tal era el superior espíritu del egrerio fundador de esta escuela'.

Tenía razón el señor Concha y Cano, de grata memoria. La cultura humana sólo habrá triunfado cuando los cascos de las granadas sirvan no más que para tinteros en las escuelas públicas, y donde hirvió el fuego de la guerra moje su pluma el pedagogo cuando enseña a hacer palotes a un ciudadano del porvenir».

Me asombró gratamente este artículo de 1885 y le pregunté a Caridad quién lo había escrito.

–¿Qué quien lo ha escrito? Pues nada más y nada menos que José Ortega Munilla. ¿Sabes quién era, juntaletras?

Encogí los hombros, mientras le miré atravesado.

–¿Qué vas a saber? Un gran escritor y periodista que murió en 1922 y que fue la persona de la que más aprendió el sabio José Ortega y Gasset... porque era su padre. ¿Qué vas a saber?

No hay duda. Este joío malaleche se está recuperando.