La cena de Nochebuena

Gómez de la Torre escribe un cuento de Navidad real como la vida misma

Un regalo literario para los lectores de hoynavalmoral.es

Es tarde. Hace rato que se han encendido las luces de los arcos con motivos navideños creando un ambiente festivo con la iluminación multicolor, se acerca la hora de cierre de los comercios y el aire transporta la música propia de estas fiestas.

Mientras, tú caminas despacio por la acera como un zombi entre gente que se mueve con decisión, apresurada, con la que casi chocas a cada momento. Gente que parece llena de prisa para hacer las últimas compras o para llegar a sus casas con tiempo para la cena en familia.

Te das cuenta de que eres un estorbo y, a pesar del frío que hace, te apartas de la circulación y te sientas en un banco a la orilla de la acera para evitar el choque con los que se cruzan contigo o con los que te quieren adelantar, obligados a desviarse bruscamente hacia un lado; para evitar estar diciendo "perdone" a cada momento.

Sentado frente a los viandantes que pasan deprisa, atentos a sus cosas, invisible para ellos, sigues dándole vueltas a los dos últimos años. Cuántas sonrisas amables en el rostro de los que te decían «en cuanto haya una oportunidad contaremos con usted» y cuánto rostro conmiserativo al decirte «lo sentimos, pero...».

Al principio te sentías avergonzado al estar pidiendo trabajo como quien pide limosna. Piensas que después uno se encallece y lo que siente es ira ante tanta negativa.

Ante quien te sientes avergonzado es ante tu padre, que posa sus ojos en ti con mirada clara, exenta de reproche y pasa el brazo sobre tus hombros y trata de animarte diciéndote «tranquilo; ya vendrán tiempos mejores».

Tu padre que, al quedarse solo cuando murió tu madre, en lugar de venir a vivir contigo prefirió quedarse en una residencia de la ciudad donde vivía en la que se alojaban muchas amistades suyas. Recuerdas sus palabras: «los viejos tenemos un corto futuro al que mirar y un largo pasado al que tender la vista. Aquí tengo lugares, recuerdos y amistades con quien compartirlos. Amigos de toda una vida que me conocen y a los que conozco tan bien que con solo ver un ademán sé cuando llevan duples o cuando van de farol; con los que comparto alegrías cuando sus hijos o nietos consiguen triunfar y con los que me apeno cuando algo sale torcido. Amistades que nos acompañaron largas tardes a tu madre y a mí mientras ella estuvo enferma. Los jóvenes tenéis un largo futuro al que mirar y no debéis perder el tiempo mirando al pasado. Sé que contigo, en tu casa, estaría bien, pero mi tiempo pasó y ya no tengo edad ni ánimo para construirme una vida nueva».

Tu padre, que no hizo ni un comentario cuando le dijiste que tenía que venir a vivir contigo porque no podías seguir complementando su pensión de jubilación para pagar la residencia, pensión de la que vivís ahora.

Trabajo en negro

Sí. Has trabajado en negro y no te importa. Que vengan a reclamarlo los de Hacienda. Has trabajado en negro y como un negro en el desarrollo de un par de proyectos que te encargó "bajo cuerda" la empresa que te dejó en la calle en una drástica reducción de plantilla por falta de contratos. Lo desarrollaste en casa, con tus medios, acuciado más que nunca por tu antiguo jefe. Eres consciente de que te malpagaron por el trabajo que tenía que firmar otro, pero no protestaste para que supieran que podían contar contigo si surgían otras ocasiones. Y lo volverías a hacer sin dudarlo, sin que te remordiera ni la conciencia cívica ni la otra, aunque te asquee ser utilizado, por ser consciente de que te vendes, que vendes tus conocimientos como una ramera vende su cuerpo. Y sabes que a pesar de todo no vas a sentir vergüenza.

Lo que empiezas a sentirte es arrecido. Sabes que te están esperando en casa, que es la noche más familiar del año, que a pesar de las dificultades debes estar allí, que precisamente por eso todos deberíais estar más unidos que nunca. Pero te resistes. Piensas que tus hijos preadolescentes no son capaces de entender lo que pasa, que piensan que eres un fracasado. Y en el fondo tú también lo piensas. Darías lo que fuera para evitar estos días de fiestas.

¿Qué fiestas? Te preguntas.

Por fin te decides. Te levantas del banco. Las piernas se te han quedado agarrotadas. Intentas andar y se niegan a responder. Das unos pasos y te tienes que agarrar a la columna de un semáforo.

Un joven ha visto tus pasos vacilantes, se acerca a ti y te pregunta si estás bien. Lo miras a los ojos y sientes la tentación de contestarle que no, que cómo demonios vas a estar bien si estás en el paro, si hace meses que no recibes la prestación por desempleo, que tienes los nudillos pelados de llamar en cien mil puertas, los oídos cansados de oír las mismas respuestas y que estás verdaderamente jodido. Pero le dices que no se preocupe, que estás bien, que es un fallo momentáneo de las piernas entumecidas por el frío, que en unos segundos se te habrá pasado y le das las gracias sonriendo mientras piensas que hay alguien para el que no eres otro invisible entre los millones de invisibles en tu misma situación.

Pero al mismo tiempo te recriminas a ti mismo por la situación que vives, que viven los tuyos contigo, de la que no tienes la culpa, aunque el saberlo no te evita el sentimiento de responsabilidad, la sensación de sentirte un ser un inútil.

Caminas por la acera, pegado a la pared y sin saber por qué te paras frente a un escaparate con adornos de brillantes hojas de acebo artificiales con bolitas rojas y con tiras de luces parpadeantes que alternan los colores rojo, verde, azul, amarillo...

Te has parado sin motivo, y sin motivo miras sin ver a través de la luna adornada con pegatinas de velas y campanas, con un letrero que dice "FELIZ NAVIDAD" cuyas letras están moteadas con salpicaduras blancas a su alrededor simulando copos de nieve. Absorto en tus pensamientos, no te fijas en los adornos, ni oyes las canciones navideñas que se imponen por encima del ruido del tráfico rodado y de las conversaciones humanas. A tu mente retornan una y otra vez, sin descanso, las palabras "Mira, cielo mío, esto es un bocata mágico. Es pan con pan y nosotras nos imaginamos lo que hay dentro" y tus ojos solo ven ese vídeo que muestra con enorme ternura a la vez que con gran dureza la realidad que se está viviendo en muchas casas; realidad que hace meses habría llegado a la tuya de no ser por la pensión de jubilado de tu padre.

Dejas el escaparate y vuelves a caminar sin rumbo, sin ser consciente de hacia donde, hacia ninguna parte o hacia cualquiera, sin decidirte a tomar la dirección de tu casa. Sientes la vergüenza de volver, como cada día desde hace mucho tiempo, con las manos vacías, manos paradas, incapaces de solucionar los problemas económicos de tu familia.

Pero finalmente te decides. Hace rato llegó la hora del cierre de los comercios y el tráfico de gente es mucho menor. Caminas resignado hacia tu casa, abres el portal, subes al ascensor y miras la hora. Son casi las diez.

Abres la puerta y te llega un agradable olor a tortilla de patata. Se asoma tu mujer, se acerca a ti, te da un beso en la mejilla, te dice "feliz Nochebuena" y te pregunta si no hace demasiado frío para andar por la calle; tú le contestas que un poco mientras piensas que sientes más frío en el alma que en el cuerpo.

La sigues hacia la cocina quitándote el abrigo y te sorprende ver una fuente con langostinos cocidos y unos paquetes abiertos de gulas congeladas, listas para ser preparadas en cuanto tú regresaras.

La miras con perplejidad y preguntas «¿y eso?» y ella con la voz un poco quebrada y los ojos húmedos te contesta: «tu padre, que salió a comprar tabaco y en lugar de ir al estanco ha pasado por el súper».