El regalo de Reyes

El regalo de Reyes

  • las firmas de HOY Navalmoral

  • Recuperamos un texto que José María Gómez de la Torre escribió hace varios años para HOY con motivo de la fiesta de los Reyes Magos

Cuando Emiliano vio lo que vio, no lo podía creer.

Al pronto se sentó en la cama, con las posaderas en la almohada y la espalda contra la cabecera; fue subiendo la sábana despacio, muy despacio, para no interrumpir ni llamar la atención, hasta ocultarse tras ella, dejando sólo descubiertos los ojos para no perder detalle de la escena que se desarrollaba ante ellos.

Al día siguiente amaneció en la misma postura, en la que lo encontró Ricardo cuando entró en su cuarto para despertarlo.

—Buenos días, Emiliano. ¿Qué? ¿Ha sido noche movidita?

Entre los vapores de un sueño aún no despejado Emiliano contestó con nerviosismo.

—Si te cuento lo que he visto no te lo vas a creer, Rufino.

—Pues cuéntamelo; y no me llames Rufino. Me llamo Ricardo.

Emiliano se quedó en silencio pensando:—¿Por qué demonios se empeña éste en cambiarse de nombre? Aquí hay algo raro y no voy a contar mis secretos a cualquiera, y menos a quien quiere engañarme de una manera tan burda—. En consecuencia se quedó callado.

—Anda, cuenta, —dijo el otro mientras le quitaba la sábana de las manos y le ayudaba a bajar de la cama.

Se puso las zapatillas en chancletas y se metió en el aseo sin decir nada.

—Lávate bien. Y pásate el peine. Me llamas si no aciertas con los botones de la camisa, dijo Ricardo mientras salía de la habitación.

—Yo vi lo que vi, y ahora ya no pueden engañarme, pensó Emiliano mientras se miraba en el espejo.

En el comedor buscó con la vista a Omar y fue a sentarse a su lado. Puso mermelada en una tostada de pan de molde que metió en el tazón. Estaba tan enfrascado rememorando los sucesos de la noche que cuando fue a sacarla se había “emblandurriado” tanto que se rompió y quedó a medio sumergir en el lago de café con leche.

Mientras luchaba cuchara en ristre para sacarla a flote y trataba de comer los trozos que pingaban amenazando con caer y organizar un batiburrillo de salpicaduras en la mesa, Omar acabó su desayuno, se levantó y se fue.

Emiliano lo vio marchar y pensó que tenía que preguntarle algo, pero con el lío de la tostada —parte de la cual había caído de nuevo al tazón, quedó sumergida por el peso de la mermelada y dejó el mantel hecho un desastre— había olvidado qué.

Tras finalizar su particular batalla naval salió del comedor; al ver las palmeras del cuadro de la pared recordó lo que quería y buscó a Omar en el patio.

—Omar, ¿los camellos comen arroz?

—Los camellos no comen. Solo beben.

La respuesta dejó perplejo a Emiliano. Pensaba contarle lo que había visto, pero decidió que no, porque, aunque Omar hubiera hecho la mili en El Aiun, no sabía nada de camellos.

Él había visto lo que había visto, y una de las cosas fue que un camello había metido su largo pescuezo por la ventana para comer el puñado de arroz que se solía dejar en un plato a los pies de la cama.

Desde aquel día, Emiliano se levanta cuando apagan la luz de su habitación, abre la ventana, vigila los movimientos de la calle para ver si sus visitantes vuelven de nuevo, y aguanta el frío de las noches de finales de noviembre hasta que, aterido, tiene que acurrucarse en la cama con el cuerpo entumecido.

La noche del doce de diciembre fue especialmente fría; bajo la luz de la luna llena empezaron a brillar los cristales de hielo en las ramas de los árboles a una hora temprana; las luces de los coches hacían brillar el pavimento dándole una apariencia de cinta de plata; la fuente de la plaza se empezó a helar por los bordes de la pila; después el hielo fue ascendiendo y se formaron carámbanos que colgaban con formas caprichosas de los caños de agua.

A la mañana siguiente, Ricardo encontró al viejo Emiliano en el alféizar de la ventana, inconsciente, con las articulaciones rígidas como garrotes y sonándole los dientes como castañuelas. Lo tomó en sus brazos, se metió deprisa con él en la cama, abrazado al anciano para darle su propio calor y llamó a voces a la enfermera para que trajera una manta eléctrica con la que calentar el enteco cuerpo congelado.

A medio día Emiliano despertó de su letargo y abrió los ojos. Vio a Ricardo sentado los pies de la cama.

—Buenos días, Rufino.

Ricardo no lo corrigió.

—¿Qué tal te encuentras después de la noche que has pasado?

—Me duele todo, Rufino.

—Pero hombre de Dios, ¿cómo se te ocurre ponerte en la ventana a contemplar las estrellas con el frío que hace?

—No miraba a las estrellas. Esperaba a los Reyes.

—¿A qué Reyes?

—A los Reyes Magos

A Ricardo le extrañó la contestación. Sabía que Emiliano sólo tenía principios de demencia senil y no esperaba aquellos desvaríos.

—Pero aún estamos en diciembre, Emiliano. Y los Reyes vienen en enero.

—Ya; pero hace unos días han estado ahí, donde tu estás. Los vi como te veo a ti ahora, solo que ellos eran como si tuvieran luz por dentro. Estuvieron hablando, y un camello metió la cabeza por la ventana.

Ricardo se levantó y puso su mano sobre la frente del viejo. Ardía.

—¿Sabes qué decían, Rufino? Que estaban llevando los encargos viejos, los que no habían podido entregar antes. Melchor dijo que había acabado con los retrasados de hace setenta años y yo pensé que a lo mejor venían a traerme el traje del Zorro que pedí de chico y que nunca me dejaron. Por la mañana miré debajo de la cama y en el armario. Pero no había nada. Por eso abría todos los días la ventana, para que pudieran entrar. Después me quedaba acechando, para meterme en la cama cuando los viera llegar y hacerme el dormido para no ahuyentarlos; porque ahora sé que son de verdad y que van a traerme el regalo atrasado. Mira, —dijo bajando la voz como para confiar un secreto mientras señalaba con un dedo la mesita—, en el cajón de arriba tengo guardado un puñado de arroz para el camello.

El viejo Emiliano no se recuperó de los fríos de aquella noche.

Se apagó con una sonrisa de felicidad apuntando con su mano hacia la mesita mientras el cielo se poblaba de las luces multicolores de los cohetes con que se celebraba la llegada del año nuevo y su habitación se llenaba de destellos.

Ricardo, el celador de la residencia de ancianos, se quedó sin saber qué hacer con aquella caja que tenía preparada, envuelta en papel de regalo, que contenía un sombrero negro, una capa, un antifaz y una espada.

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