Vivencias de una joven estudiante de periodismo en Etiopía
/ Ciudadela de Gondar y en el interior de una iglesia ortodoxa en Lalibela

Vivencias de una joven estudiante de periodismo en Etiopía

Vivencias de una joven estudiante de periodismo en Etiopía
  • Las firmas de HOY Navalmoral

  • "Lo mejor de estos viajes es asimilarlos. Ahora estoy en mi casa, sentada en una silla, con el aire acondicionado y escribiendo en el ordenador. Hace unas semanas estaba sentada en el suelo, con el aire africano lleno de polvo ondeando mi pelo y escribiendo sobre papel lo que me había ocurrido ese día...".

¿Cómo empezó todo?

“Quiero hacer un voluntariado, quiero hacer un interrail, quiero viajar a África...”.

Hola, soy Livia Castro y así empezó mi aventura, porque un viaje no solo empieza en un avión, un barco, un coche o un tren, sino mucho antes.

Vacunas, repelentes de insectos, protector solar… así se iniciaba una interminable lista que incluía todo lo necesario para nuestro viaje. ¿La razón? Etiopía es un país portador de enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla, la fiebre tifoidea y algunas otras. Además, por su cercanía al ecuador, el sol incide fuertemente a ciertas horas del día.

¿Por qué elegimos Etiopía? Es un país diferente al resto de África: nunca fue colonizado, es la segunda nación más antigua del mundo en adoptar el cristianismo y es también el segundo país de África más poblado después de Nigeria.

Primera toma de contacto

Nuestra llegada al aeropuerto de Addis Abeba, caótico, fue el prefacio a las dos semanas que nos esperaban allí. Una vez que adquirimos el visado y salimos de la terminal, una masa de etíopes se acercó a nosotros para ofrecernos un “taxi”, por llamarlo de algún modo. Ingenuamente cogimos uno de esos vehículos que nos llevó hasta nuestro hotel, no sin antes regatear el precio, aun así mucho más elevado que el importe local, porque allí si eres faranji (extranjero) tendrás que resignarte a pagar el doble por todo.

El norte

Ansiosos por escapar de la nube de contaminación que envolvía la capital pusimos rumbo a Lalibela, un lugar que mi padre y yo aún anhelamos, porque nos fuimos con la sensación de no haberlo aprovechado al máximo, excusa perfecta para tener ganas de volver a saborearlo. Es la segunda ciudad santa del país, después de Aksum (donde supuestamente se encuentra escondido el Arca de la Alianza).

Sus calles se visten de blanco cada mañana con la llamada del sacerdote a la oración. Es así como hombres y mujeres cubren su cuerpo con pulcros velos para asistir al rezo matutino, que se celebra en cualquiera de las 11 iglesias talladas en la roca que caracterizan la ciudad. La distribución de estos templos tiene un significado, y es que su geografía se corresponde con una representación simbólica de Tierra Santa. Resulta conmovedor ver cómo tantas personas son fieles a sus creencias, vivas y candentes a pesar del paso del tiempo, manteniéndolos unidos. Es emocionante sobre todo para aquellos que no sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos, que persistimos en la búsqueda constante de nosotros mismos.

Una estampa que nada tiene que ver con la del sur del país, porque el norte y sur son dos zonas bien diferenciadas en cuanto a costumbres, economía y relieve.

Las montañas simiens, por ejemplo, son la antítesis de las interminables llanuras que dominan la región meridional de Etiopía. Tres días de caminata por este sistema montañoso fueron necesarios para tener la panorámica más impresionante de todo el viaje. La cota más alta está a 4.553 metros de altura. Nosotros únicamente llegamos hasta los 4000 pero, como he dicho, no fue impedimento para ver cómo el horizonte se llenaba de cimas interminables que adornaban el cielo. El recorrido no fue fácil, sobre todo si está pasado por agua, como en nuestro caso, pero entre ladera y ladera siempre había algún “gelada” que nos amenizaba el camino. Los geladas son una especie de primate endémico de las tierras altas de Etiopía.

El sur

Dos vuelos y casi seis horas entre las nubes fueron necesarios para llegar hasta Arba Minch. El aterrizaje estuvo protagonizado por el calor típico de África y la humedad propia del lago que arropa la ciudad, el lago Chamo, mezcla perfecta para una bienvenida cargada de insectos. Arba Minch es el punto de partida hacia la sabana africana, la otra cara de la moneda de lo que habíamos visto hasta ahora, y lo percibimos.

El paisaje cambiaba a la vez que lo hacían sus habitantes. Grandes campos de cultivo abarrotados de plataneras ocupaban el tiempo de los lugareños, que a pesar del calor y el sol ecuatorial no desistían de su trabajo. Una sensación totalmente diferente a la que tuvimos en la parte septentrional del país, donde la gente parecía estar aletargada, en un constante hastío vital, en el que su única esperanza era la ayuda de algún turista despistado.

Aburridos de este lugar, de nuestras compañeras de habitación, las cucarachas, y de su olor a basura quemada cada noche, nos marchamos deseosos de respirar algo de aire puro.

Jinka, un pueblo conocido por su amplio mercado y por ser la puerta de entrada al Valle del Omo, fue nuestra siguiente parada. El trayecto hasta aquí duró siete intensas horas. Y digo intensas porque las irregularidades del camino hicieron que mantenerse sentado en el asiento se convirtiese en todo un reto.

Nuestro interés en esta zona ponía el punto de mira en las tribus que habitan casi en la frontera con Sudán del Sur, una zona un tanto conflictiva debido a la guerra civil que sigue latente en este país, además de la constante llegada de refugiados sirios.

Los Mursio los Hamer son algunas de ellas y representan una parte del turismo muy demandada por su exotismo y sus costumbres milenarias.

Nosotros únicamente visitamos al pueblo Mursi, generalmente conocido por las dilataciones en labios y orejas que llevan las mujeres como canon de belleza. Sus integrantes son unos 9.000 y su religión es el animismo, creen que todos los objetos están vivos.

Nada más llegar al poblado, una avalancha de niños nos acorraló diciendo que les hiciésemos fotos. Mientras tanto, las mujeres de la tribu se ponían sus mejores galas para posar en el reportaje fotográfico, el cual tenía un precio, 5 birrs (20 céntimos de euro) por cada persona que apareciese en la imagen. Los más atrevidos quisieron impresionarnos intentando sacarle sangre a una de las vacas que tenían, ya que una de sus costumbres es beber sangre de vaca, pero esto no fue posible, ya que tras varios intentos fallidos decidimos parar el espectáculo para que el animal dejase de sufrir.

La visita no duró más de media hora, lo suficiente para hacer varias fotos e intentar entablar conversación con alguno de los miembros de la tribu, traductor de por medio. Conversaciones con un único fin para ellos: conseguir algo a cambio. Conversaciones que se convertían en negociaciones. Los zapatos, la camiseta, el reloj… Cualquier cosa era válida, y si no se la podías dar en ese mismo momento te decían que se lo enviases por correo. Sin más dilación volvimos al pueblo y durante el camino de vuelta (algo más de una hora) estuve pensando en todo lo que había sucedido a lo largo de la mañana.

¿Realmente repetiría la experiencia? Creo que no. Desde que llegamos hasta que nos fuimos el poblado se convirtió en un circo en el que cualquier cosa que nos impresionase era válida. Pintura blanca en la cara, unos cuernos de vaca en la cabeza, unos ajos a modo de peluca… El espectáculo se transformó en una pelea por conseguir el disfraz más llamativo, que sería el que se llevaría la foto y como consecuencia el dinero.

Un auténtico zoo humano en el que lo que prima es el interés económico por su parte y el interés visual por la nuestra. Invadimos su casa, su intimidad, sus costumbres y al igual que nosotros cientos de turistas que viajan allí cada año, como si de un museo se tratase. Fue interesante, pero también incómodo. Ahora veo las fotos, las analizo, y me doy cuenta de que sus rostros duros, su semblante serio y su mirada penetrante lo dicen todo.

La vuelta a casa

Lo mejor de estos viajes es asimilarlos. Ahora estoy en mi casa, sentada en una silla, con el aire acondicionado y escribiendo en el ordenador. Hace unas semanas estaba sentada en el suelo, con el aire africano lleno de polvo ondeando mi pelo y escribiendo sobre papel lo que me había ocurrido ese día, y no sé cuál de las dos prefiero, si la comodidad de la primera o la autenticidad de la segunda. ¿Ducharme con agua fría o con agua caliente? ¿Salir a la calle a hablar con la gente o quedarme en casa hablando por WhatsApp? Creo que asumo las consecuencias de la primera.

Etiopía, volveremos a vernos las caras.

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