«¿Nos veremos abocados a hablar de amantas, pacientas, representantas, emigrantas...?»

«¿Nos veremos abocados a hablar de amantas, pacientas, representantas, emigrantas...?»

  • las entrevistas de josé luis pde

  • José María Gómez de la Torre, un escritor -y colaborador de HOY- sin pelos en la lengua afincado en Navalmoral desde 1975

Escritor y colaborador habitual en diferentes medios de comunicación, entre ellos HOY Navalmoral. Afincado en Navalmoral de la Mata desde mediados de los años 70, participó en la puesta en marcha y acoplamiento a la red de la central nuclear de Almaraz. Nos habla de su trayectoria profesional, literaria y personal.

¿De dónde eres natural José María?

–Nací en La Robla, un pueblo de la montaña central leonesa donde confluyen cuatro valles, rodeado de altas montañas, bosques de robles y arroyos por todas partes.

–¿Qué motivos te llevan a fijar tu residencia en Navalmoral?

–Había trabajado en la puesta en marcha y explotación de dos centrales térmicas cuando me propusieron venir a trabajar a la central nuclear. Acepté y tras un año de formación en la JEN, central de Zorita y en los Estados Unidos, vine a Navalmoral en julio de 1975. He vivido aquí más tiempo que en ningún otro sitio. Mis hijos han crecido aquí, he echado raíces y me siento integrado.

–Has trabajado en la central nuclear de Almaraz desde sus inicios hasta el momento de tu jubilación. ¿Cuál fue tu papel en su puesta en marcha?

–Era el jefe de un equipo con el que participé en todas las pruebas previas a la puesta en marcha y en los remates de diseño. A título individual hice una remodelación del panel de la Sala de Control del Grupo I antes del arranque de la unidad. Aunque no deja de ser anecdótico se dio la circunstancia de que fui con mi equipo quien hizo crítico el reactor de la Unidad I por primera vez y unas semanas más tarde fuimos los que acoplamos el alternador a la red también por primera vez. Hay que tener en cuenta que en aquel momento eran, con mucha diferencia, el reactor y el alternador de mayor potencia que había en nuestro país y se encontraban entre los mayores del mundo.

¿Cuál es tu punto de partida en el ámbito de la escritura? ¿Puedes hacernos un resumen de tu trayectoria literaria?

–Di mis primeros pasos como escritor en un periódico mural que fundé en la Sociedad Recreativa (una especie de casino) que había en La Robla. No sé si se puede considerar actividad literaria la escritura de temas técnicos y descripción de sistemas en la central nuclear. En los años 80 fui colaborador en el periódico Conrobla, hoy desaparecido, que editaba el Ayuntamiento de mi pueblo. A mediados de los 90 me integré en un grupo de escritores en la red y comencé a participar en algunos certámenes literarios. Fue por entonces cuando comencé a acercarme a la novela. Más adelante fui alumno del Taller Literario de la Universidad Popular dirigido por Pilar Galán. Actualmente colaboro con la revista Alboral y con el diario Hoy Navalmoral.

¿Tienes alguna fuente de inspiración o referente?

–La fuente principal es la vida, las personas que me rodean y la observación de mi entorno.

–Háblanos de tu libro “En la eternidad no hay relojes” ¿Dónde se puede adquirir?

–Parte de un hecho real: El párroco que conocí en mi niñez y adolescencia se suicidó tirándose a un pozo. A partir de ahí comienza la ficción con la aparición del fantasma del cura al narrador de la novela. La relación entre ambos se hace cada vez más estrecha y mientras el ánima cuenta un viaje que hace en compañía de otras ánimas de las que se cuenta su vida mortal, con sus aspiraciones, logros, verdades y mentiras siguiendo el Camino de Santiago, se plantean las dudas que sobre la vida tiene cualquiera. El libro está prologado por José María Merino y en Navalmoral se puede adquirir en la librería Rivero y en Deportes Alberto, por vía digital en La Casa del Libro y en Amazon.

Colaboras con el Diario HOY Navalmoral casi desde su nacimiento. ¿Cómo surge esta colaboración?

–En un encuentro con Miguel Ángel. Me dijo que si podría escribir un artículo para el Hoy Navalmoral. Escribí uno que fue muy leído. Le envié otro para el siguiente número y la cosa se ha convertido en costumbre.

En tus artículos de opinión abordas a menudo cuestiones candentes de actualidad: tren digno para Extremadura, UCI para Navalmoral, violencia de género, migración, clase política... Pero hay dos temas que despiertan tu sensibilidad de forma especial: el feminismo y la utilización del lenguaje, ¿por qué?

–Pasé los primeros años de mi vida en una sociedad matriarcal, lo que no era óbice para que los reveses, fracasos y frustraciones masculinas en ocasiones fueran “pagadas” en alguna forma por las mujeres. Era una sociedad semi industrializada en la que pocas familias habían abandonado la agricultura: los hombres trabajaban en actividades industriales mal retribuidas y no sé discernir si las retribuciones a ese trabajo eran el complemento a las labores agrícolas o eran éstas el complemento a los salarios. Todos los trabajos domésticos y la mayor parte de los trabajos agrícolas eran realizados por las mujeres de la casa. Trabajos opacos y en algunos casos de realización dolorosamente cruel. En mi infancia no había lavadoras y en la montaña leonesa hace frío. Pero frío de verdad. Yo vi en más de una ocasión a grupos de mujeres romper el hielo del remanso de un arroyo para poder lavar la ropa. Y las vi llorar de dolor cuando al finalizar sacaban las manos del agua y la sangre volvía a correr por sus dedos. Veía y me rebelaba. Quedó grabado en mí la respuesta de un tipejo al que reprocharon que pasara el tiempo de tasca en tasca y tuviera a su mujer hecha una esclava cuidando casa, hijos y ganado.

“Es que yo trabajo y mi mujer no” cayendo en el error de llamar trabajo al trabajo remunerado y no considerando trabajo al no remunerado, por más que requiera mayor dedicación, tenga más duración y en muchos casos exija sacrificios físicos poco menos que inaguantables. Error que perdura incluso en círculos feministas. Ese es el origen de mi feminismo. Un feminismo serio, y no lo que hoy se defiende en el ámbito gramatical, que es puro folklorismo, con el uso de verdaderos dislates que complican el idioma sin necesidad. Se confunde la velocidad con el tocino; se habla de lenguaje inclusivo –se debería decir incluyente– o se buscan expresiones neutrales con el que dar visibilidad a la mujer. ¿Es más visible la mujer por decir sala del profesorado en lugar de sala de profesores? ¿Tendremos que cambiar el título de La bella durmiente por La bella durmienta? ¿Nos veremos abocados a hablar de amantas, representantas, pacientas, gestantas, emigrantas, residentas, salientas, caminantas, sobrevivientas, corrientas, guardias civilas cuando a cualquier político indocumentado le dé por utilizar una de esas palabras igual que lo han hecho con miembra o portavoza? ¿Puede alguien contestarme si es más visible la mujer en los países de habla inglesa donde adjetivos y profesiones son palabras genéricas aplicadas indistintamente a hombres y mujeres? Cuando oigo hablar con contumaz repetición de nombres masculinos y femeninos, tengo la sensación de hallarme ante alguien cargado de complejos, de culpabilidad o de inferioridad, dependiendo del sexo. Estoy convencido de que la mujer habrá alcanzado el protagonismo social y la visibilidad que le corresponde cuando sea capaz de decir (y a nadie le extrañe) soy juez, soy abogado, ingeniero, representante, delineante, presidente, etc. igual que el varón dice soy periodista, taxista, economista, maquinista... Y cuando las propias mujeres dignifiquen y den la importancia que merece al trabajo no retribuido de las amas de casa, organizadoras de la vida familiar y de la importantísima función de educadora de los hijos.

En cuestiones gramaticales también me preocupa entre otras cosas el uso indiscriminado de adjetivos posesivos para calificar a un adverbio. Es penoso escuchar detrás mía, encima tuyo, enfrente suya. ¿Tan costoso es hablar correctamente y decir detrás de mí en lugar de detrás mío o detrás mía? Los que hablan así ¿con qué criterio ponen el género del posesivo? Lo malo es que estas incultas formas de expresión están tan generalizadas que se pueden oír y leer en cualquier medio de comunicación, prensa, radio o televisión.

–¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de tu experiencia literaria?

–Pienso que en mundo del arte, y la literatura lo es, muchas veces pesa más el nombre del autor que el valor de la obra artística. Lo vemos con frecuencia en la pintura: se pagan barbaridades de dinero por algún cuadro. Cuando un experto dice que no es obra del gran pintor al que se atribuye, sino un original de Pepe Pérez, el cuadro pasa a no tener valor alguno. Ahora bien, si posteriormente se demuestra que ese cuadro es del gran pintor el cuadro recupera todo su valor. En una ocasión hice el experimento de presentar ante un grupo de escritores aficionados un poco conocido relato de José Saramago dando a entender que era mío. El mejor comentario fue: “Sigue así, tú apuntas”. Sentí tanta vergüenza ajena que no me atreví a revelar la autoría del relato.

–¿Recuerdas alguna anécdota relacionada con tus publicaciones?

–Presenté a un certamen de Relatos Breves de Navidad que organiza la COPE un relato titulado 'Cabalgata de Reyes' en la que describía con cierta dosis de humor una accidentada cabalgata a la que se habían traído dromedarios para dar un aire distinto a la cabalgata tradicional. Recuerdo a Jesús Rubio casi pidiendo disculpas por haber dado el accésit a aquel relato que, por su éxito popular, se convirtió en el mascarón de proa del certamen y del que todavía hoy, después de dieciocho años, hay quien me pide copia.

–Muchas gracias por dedicarnos tu tiempo José María, ¿dirías algo para despedirte?

–No quiero dejar pasar la oportunidad de agradecer a aquellos que han colaborado conmigo para alcanzar las metas profesionales logradas y de honrar la memoria de los que ya han partido. Y por supuesto dedicar un recuerdo a toda aquella familia que permanece en la tierra donde nací y agradecer el amor que me tienen mi mujer, mis hijos, nueras y nietas.

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